agosto 6, 2020

Una locura demasiado común

Era un miércoles cualquiera, empezaba el buen tiempo y se notaba en la cantidad de mesas ocupadas de la plaza. Los bares volvían a llenarse de vida.

Miguel, Fran y yo esperábamos a Diego, que como siempre se había dormido y llegaba tarde.

Las conversaciones variaban entre sus derroteros habituales. Miguel y yo nos quejábamos del trabajo y las mujeres, mientras Fran nos ponía al día de la vida de todos los que no estaban allí.

Cuando Diego por fin apareció empezamos a hablar sobre el fin de semana, queríamos alquilar una casa con piscina y aprovechar para hacer barbacoa.

Fran ya había buscado en todas las aplicaciones de su móvil, había leído cientos de críticas, contactado con las personas que habían escrito malos comentarios y estudiado la vida de éstos para comprobar que sus críticas eran válidas.

Y es que siempre era igual con Fran, conocía todos los detalles de nuestras vidas y las de todas las personas que formaban parte de su entorno, y para formar parte de éste bastaba con beber cerveza en la misma plaza.

Ninguno podríamos olvidar el día en que descubrió una nueva aplicación que con solo una foto a menos de dos metros de alguien te podía encontrar todo lo que hubiera sobre él o ella en internet. Fran pasó horas haciendo fotos a todas las tías del barrio para intentar ligárselas y a todos los tíos para descubrir sus defectos y que ellos no se las ligaran.

Así que Miguel, Diego y yo decidimos que era hora de hacer algo con nuestro amigo y planeamos un fin de semana en la montaña con la excusa del buen tiempo. Aunque nuestro verdadero plan era perder accidentalmente el móvil de Fran y dejarlo destecnologizado todo un fin de semana.

Por fin llegó el viernes, todos nos montamos en el coche y por supuesto Fran ya había creado una lista de reproducción con todas las canciones que los demás habíamos escuchado esa misma semana. Como lo hacía era algo que nadie sabía.

Llegamos a la casa y en solo dos minutos Fran ya había hecho mil selfies, subido todas las fotos a Facebook, Instagram, etiquetádonos a todos, y organizado donde comer y beber en función de Tripadvisor, Booking, etc…

No pudimos esperar más y empezamos con nuestro plan. Le robamos el móvil, le quitamos las llaves del coche para que no pudiera salir a comprar otro, y escondimos todos los aparatos electrónicos de la casa.

Al principio Fran se lo tomo a broma y rió durante un rato. Después de unos 20 minutos empezó a cabrearse y maldecirnos a todos, para luego desaparecer durante dos horas.

Cuando volvió algo había cambiado, era como una versión aún más rara de él mismo, traía varias mantas y toallas de colores.

Empezó a hacernos fotos con sus manos en forma de cámara, y utilizaba las sabanas y toallas para añadir filtros a las fotos. Nos daba golpecitos en la frente mientras decía nuestros nombres completos y nos “etiquetaba” y «ubicaba» en el lugar donde estábamos.

Obviamente al principio pensamos que era una broma, pero las locuras iban en aumento, cuando alguno decía algo gracioso se levantaba y chillaba “me gusta”, repetía nuestras bromas y canciones mientras decía “compartir”, “retwiteaba” nuestras frases.

Las horas pasaban y Fran seguía haciendo cosas raras. Decidimos dejarlo hacer, quizás era su manera de pasar el mono. Pero realmente empezamos a preocuparnos cuando empezó a pitar cada dos minutos, bajando la intensidad de sus comentarios. Cada vez hablaba más lento y pasada una media hora, de repente cerró los ojos y se quedó muy quieto….

Se le había acabado la batería.

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