abril 2, 2020

Momentos que son eternos

Quedaba menos de una hora. Hacía casi un mes que habían roto y desde entonces no se habían visto. Ahora les esperaban sus últimos días juntos. Tal y como habían acordado, pasarían juntos el fin de semana mientras durara la boda de sus amigos.

Durante las últimas semanas Luci había conseguido reponerse un poco del dolor de perderle y ahora estaba muy cerca de la última prueba. No podía dejar de pensar en cómo reaccionarían, que harían al verse; quizás un beso, dos, un abrazo… No quería que ese embarazoso momento lo presenciase mucha gente, así que utilizó la excusa de tener que subir a la habitación del hotel para poder encontrase a solas.

Por fin acabó la cena y todos se dispusieron a coger taxis para volver al hotel. Durante el trayecto intentó seguir la conversación, pero los nervios casi no la dejaban respirar. Estaba emocionada por verle, pero a la vez sentía un pánico horrible. Le había costado muchísimo volver a sentirse medianamente bien.

El trayecto en taxi le pareció una eternidad. A cada giro de volante sentía como el corazón le latía más rápido. Su cabeza no paraba de darle vueltas al momento que se avecinaba. Todo el camino fue convenciéndose a sí misma para no ser ella quien diera el primer paso. Quería que fuera él quien lo hiciera, ya que había sido él quien había puesto fin a la relación. Eran sus últimos días juntos, y sentía como le dolían cada uno de los pedacitos de su corazón roto.

Reconoció la calle dónde estaba el hotel y se puso aun más nerviosa. El nudo de su estómago se hizo aun más fuerte. Casi todo el mundo estaba allí, lo que no hizo su situación más fácil. Siguió mirando por la ventanilla y entonces le vio. Estaba de pie junto a sus amigos, parecía tan tranquilo. Al final su plan no había salido bien, así que su encuentro tendría que ser en frente de todo el mundo.

El taxi paró en la acera de en frente, ella y los demás salieron del coche. Intentó no precipitarse y decidió que no iría hasta él. Sentía que el corazón se le iba a salir del pecho.

Mario miraba a la carretera y al verla salir del taxi sonrió. En ese momento sintió que se hacía un silencio sepulcral a su alrededor, tenía la sensación de que todos les miraban. Cruzó la calle despacio, intentando parecer despreocupada. Al llegar a la otra acera se paró aguardando la reacción de Mario.

No escuchaba nada a su alrededor y lo único que veía era su figura acercándose. Estaba demasiado nerviosa y no podía pensar. Solo sentía una inmensa alegría de volver a verle.

Cuando llegó hasta ella, se saludaron tímidamente sonriendo. Sus caras se fueron acercando, hasta que sus mejillas se tocaron mientras sus labios sólo se rozaron en la comisura. Al sentir su piel, no pudo contener las lágrimas, que brotaron silenciosas de sus ojos sin querer romper el momento. Se besaron de nuevo, esta vez en los labios, mientras sus brazos se tocaban. Siguieron besándose sin saber por cuánto tiempo ya que el mundo se había parado para ellos.

En ese preciso instante, no había nadie a su alrededor, no oía el ruido de coches a sus espaldas. Solo podía verle a él. Sus caras se separaron sólo lo suficiente para mirarse a los ojos. Al hacerlo sintió la mayor felicidad, podía ver en su mirada lo mucho que la quería.

Sus cuerpos volvieron a juntarse en un fuerte abrazo, que describía mucho mejor que cualquier palabra, lo mucho que se habían echado de menos.

Volvieron a mirarse a los ojos, los dos riendo de emoción. Y de nuevo se besaron. Había demasiada atracción, como si separarse supusiera el final y ninguno de los dos quisiera ser el que acabara con aquel momento mágico.

Al final volvieron a la realidad. Escucharon a toda la gente a su alrededor que ahora volvía a sus conversaciones. El sonido de coches resurgió a sus espaldas. Se dieron otro beso y agarrados de la cintura se dirigieron al resto del grupo. 

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