abril 2, 2020

Lo hacemos por ella

Era la quinta vez en esa semana que volvía a pasar lo mismo, aquellos árboles estaban desapareciendo. Nunca desaparecían muchos a la vez, solo unos diez de los cientos que podías encontrar en cada parque. Y al igual que las últimas veces una nota anónima “lo hacemos por ella, los vamos a devolver”.

Aunque no era un gran robo; de hecho quien fuera que se estuviera llevando aquellos arboles lo hacía con bastante cuidado. No los cortaban, sino que se los llevaban con raíces, y nunca todos juntos, sino que los cogían de diferentes zonas para que no se notara en la belleza del parque; los medios estaban dando cada vez más publicidad a aquella noticia.

La historia era llamativa, las redes sociales no dejaban de especular sobre los motivos y sobre aquellas notas anónimas que aparecían cada mañana en el lugar donde antes estaban aquellos arboles de flores rosas.

Debido al revuelo que la noticia estaba causando, la policía decidió hacer un llamamiento en televisión, con la intención de que cualquiera que tuviera información sobre los culpables de aquello, avisara a las autoridades.

Pero la realidad es que nadie quería que los atraparan, todo el mundo estaba expectante por saber que eran lo que buscaban hacer con aquellos arboles y sobre todo quien era “ella” a la que se referían en las notas.

Pasaron dos semanas, los arboles seguían desapareciendo y en su lugar siempre aparecía la misma nota, hasta que un día paró, pasaron tres días sin que hubiera otro robo. Al principio todo el mundo estaba esperando alguna noticia, pero al cabo de unos días la historia pareció perder interés y la gente empezó a hablar de otras cosas.


Aquella mañana había amanecido con un sol brillante, que calentaba incluso desde temprano, como si el mismo sol estuviera expectante.

Mi madre estaba en la cama adormilada, a pesar de ser las diez, que para ella ya era bastante tarde. Mi hermano y yo llamamos a su habitación y entramos despacio, intentando no hacer ruido, nos subimos a su cama, como cuando éramos niños y la despertamos cariñosamente.

  • Mamá despierta, tenemos algo que queremos enseñarte – le dijimos entusiasmados.
  • No tengo ganas, aun no, es muy temprano – contestó ella con aquella nota triste en su voz que por desgracia ya nos habíamos acostumbrado a escuchar.
  • Venga mami, levántate, veras que te va a gustar – insistimos.

Al final no tuvo más remedio que levantarse, siempre cedía con nosotros.

Solo la dejamos lavarse la cara, y ponerse un chaleco fino, mientras le metíamos prisa para que nos acompañara afuera.

Mi madre, por aquel entonces, vivía en una casita pequeña de pueblo. La casa, aunque pequeña, estaba rodeada por terrenos a cada lado.

Aquella tierra había sido un día su ilusión, quería llenarla de flores y tener su propio huerto, pero desde hacía un tiempo que ya no tenía ganas, siempre estaba triste y no le apetecía hacer nada, así que aquel terreno estaba vacío y la casa se veía solitaria entre tanta tierra desocupada.

Cuando llegamos a la puerta, le dimos un beso en la mejilla y cogidos de su mano, cada uno a un lado le dijimos al oído “lo hacemos por ti mama”, y abrimos la puerta.


Al abrirse la puerta no podía creérmelo, era como ver un mar rosa, las hojas se mecían con el soplido del viento, miraras a donde miraras solo se veían aquellas pequeñas hojas rosas que colgaban de aquellos arboles que en ese instante parecían estar sonriéndome.

Mis hijos seguían cogidos de mis manos, me animaban a pasear alrededor de la casa, al llegar a la esquina izquierda, giré mi cabeza y volví a sorprenderme, aquellos arboles seguían cubriendo mi visión, era increíble.

Tanto color, tanta vida, tanta alegría en aquellas tierras por las que yo ya había perdido la ilusión.

Pasamos el día paseando entre los árboles, cuando el viento soplaba con un poco de fuerza, las hojas caían al suelo, y parecía que un hada lloraba lágrimas de color rosado.

Empezamos a recordar historias de cuando mis pequeños eran de verdad pequeños, las risas llenaban mi cabeza, podía oírlas como si hubiera sido ayer.


Los vecinos de las casas cercanas empezaron a acercarse para disfrutar de la vista, la gente hacia fotos y paseaba entre los árboles. Las fotos empezaron a recorrer las redes, y cada vez más gente se acercaba a pasear por aquel mar rosado. Las risas empezaron a sonar cada vez más fuerte, los recuerdos parecían florecer al rodearse de aquellas flores.

Pero al cabo de unas horas la policía hizo su aparición, aunque la pareja de policía nacional que se bajo del coche no parecía demasiada convencida de lo que estaban haciendo, se llevaron a los hermanos que habían robado aquellos arboles. El silencio solo se rompía por el suave susurro de las hojas al tocar el suelo.

Al llegar a la comisaria, lo que se encontraron les pareció increíble, había una multitud de gente en la puerta. Los hermanos bajaron del coche en silencio y miraron incrédulos a toda aquella gente que les sonreía y animaba.

Entre todos crearon un muro humano impidiendo que la policía pudiera entrar en la comisaria. Y por encima de todo el murmullo se escuchó el ruido de un micrófono.

  • ¡Suéltalos! No han hecho nada malo.

El jefe de policía no tuvo más remedio que salir e intentar poner orden a aquella situación, que tan rápidamente se les estaba yendo de las manos.

  • Lo sentimos, pero los hermanos Perom han cometido un delito y deben ser juzgados.

La gente le abucheaba, pero el hombre con el micrófono acalló los abucheos y simplemente dijo:

  • No han cometido ningún delito, solo han tomado prestados unos árboles para dar una sorpresa a su madre y todos esos árboles serán devueltos antes de media noche.

Los hermanos se miraron sorprendidos, eso sería imposible, les había llevados dos semanas cogerlos todos, y les llevaría otras dos llevarlos de vuelta, y ellos lo sabían.

  • Lo siento, pero ellos no van a poder hacer eso, porque están detenidos – respondió el jefe de la policía.
  • Y no lo harán, lo haremos nosotros. Todos vamos a ayudar a devolver esos árboles, pero antes debes prometernos que si nosotros cumplimos, los soltareis.
  • De acuerdo.

A las doce menos cinco de la aquella misma noche, las puertas de la comisaria se abrieron y los hermanos Perom salieron de la comisaria. Su madre los esperaba en la puerta con los brazos abiertos, lagrimas en los ojos y, lo que es más importante, con su sonrisa de siempre.

Solo por aquella sonrisa, todo aquel esfuerzo y todo aquel alboroto habían merecido la pena.

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